Un jugador extraño

morata real

Es un jugador extraño, Álvaro Morata. No hay manera de calibrarlo. No hay manera de juzgar si su partido ha sido bueno y su concurso indispensable o si su actuación ha sido intrascendente. Su manera de participar en el juego del equipo es tan peculiar que no hay escala que mida su rendimiento. No se trata de si mete goles o no los mete porque su aporte tiene mucho de intangible e incuantificable. En el fútbol cuadriculado y de papeles tan definidos como perfectamente asignados de hoy en día, Morata es una feliz anomalía. Un jugador imposible de encasillar.

Puede parecer, el suyo, un fútbol repleto de artificios y basado en el engaño del futbolista que, moviéndose entre líneas, se convierte en indetectable. Pero su magia va mucho más allá del simple truco de la extrema movilidad y del delantero inquieto. Morata asoma para barrer todo el frente de ataque del Real Madrid. Ofreciéndose por el centro, allí por donde más fuerza y virulencia lleva la corriente, y por las orillas, escondido entre los juncos y la maleza. Tiene dotes para salir airoso de cualquier escenario y circunstancia. Su fútbol es tan valioso porque reluce por encima de las contingencias. Moviéndose como un cisne por las ciénagas de las trincheras fronterizas y hallando acomodo allí donde la mayoría de sus congéneres estarían deseando no haberse vestido de corto. Sucede que Morata, que ya no es Moratita y que sí que es canterano de los de verdad, encabrita el ataque madridista con la algarabía que procede de su carisma innato y del futbolista que es consciente de que ha caído de pie. No es el más veloz, pero parece el más rápido. No es el más inteligente, pero se comporta como si Zidane introdujese un despiadado troyano en las entrañas del hardware rival, descifrando cada código de acceso y dejando al desnudo todas sus carencias.

Morata ayer siguió sin marcar. Continuó alimentando esa especie de leyenda negra que se cierne sobre él y que, alimentada por sus detractores, le dibuja como un delantero negado ante el gol. Sin embargo, fue probablemente el mejor de los madridistas sobre el césped en el triunfo ante la Real. Descolocando rivales y desactivando sistemas defensivos. Gustándose en suelo ajeno, ayudando en la salida a sus mediocentros, presionando la torpe circulación donostiarra con la voracidad de un primerizo. Mostrando sus credenciales para poner en duda la hasta ahora indiscutible hegemonía de la BBC.

Deja un comentario

Debes de loguearte para poner un comentario.