Las noches europeas

stars

 

Algún día publicaré un libro al que titularé “Las noches europeas”. Será un libro de amor. De todos los amores que he conocido, me quedo con el amor futuro. El que aún no se tiene pero se palpa. El de los partidos no ganados y el de las copas no levantadas. Ese amor es un universo de posibilidades. Cerrar los ojos para ver. El amor va de la cabeza a los pies y el fútbol va de los pies a la cabeza. Es la única diferencia entre estos dos hitos de la humanidad. El amor y el fútbol buscan la perpetuidad. Los dos nos hacen gritar y llorar, compartirnos y encerrarnos. La caída de los párpados, tras el coito enamorado y el gol de tu equipo. Ese momento de alcanzar un momento único en la existencia. Que después se vulgariza, que después incluso se pierde en el recuerdo o se trata de olvidar tímidamente. Pero ese instante, ese del cuero lamiendo la red y el de la carne haciéndose parte de otra carne. Ese segundo es único, absoluto y esperanzador.

De todos los amores que he conocido, me quedo con el de las noches europeas. El de esa copa inasible. La Copa de Europa ha sido ganada por sólo 22 equipos a lo largo de sus 60 ediciones. La UEFA tiene 54 federaciones de fútbol, 54 ligas con sus, aproximadamente, 20 equipos en la máxima categoría. Cientos de equipos la han jugado y no la han ganado. Miles de equipos no la han jugado todavía. Decenas de miles de equipos no la jugarán nunca. Cientos de miles de futbolistas profesionales ven la Champions por la tele. Como nosotros a partir de esta tarde, con el sorteo que abre las hostilidades en una competición diseñada para el amor.

Dice Milan Kundera que “el amor, por definición, es un regalo no merecido; ser amado sin mérito es incluso la prueba de un amor verdadero”. No sé si habla de la Champions que levantó Mourinho con el Inter, o la de aquella noche de mayo de 2005 en Estambul, o las lágrimas de Cañizares o el gol de Solskjær. Hay en las noches europeas una sábana de tragedia extendida sobre el césped, como el balón estrellado que unos niños agitan en el círculo central antes de cada partido. Hoy en el bombo caben las bolas y caben los sueños y las pesadillas de 32 equipos. 30 caerán eliminados. Otro perderá la final. Para esto están los datos en el fútbol, para demostrarles a la afición que, calculadora en mano, el fútbol es un deporte desolador. Donde perder es lo normal. La moda es caer derrotado y meter la cabeza entre las rodillas para que no te vean llorar en el vestuario. Volver a casa tras un partido. Recuerdo el silencio saliendo del Sánchez Pizjuán cuando lo del Fenerbahçe. Como un amante expulsado del amor. Tras la ruptura sólo nos queda el consuelo del asfalto o el alcohol. Es maravilloso encontrar en la misma barra al que ya no aman y a su lado al aficionado derrotado y que no haya forma de diferenciarlos. Salvo la bufanda si por fiereza aún la lleva amarrada al cuello.

Cuatro bombos: los regulares, los buenos, los muy buenos y los buenísimos. A partir de las 18:00 h. en el Fórum Grimaldi de Monaco se vaciarán los baloncitos. Espera la final en San Siro. “Road to Milan” dirán. A mediados de septiembre empezarán los partidos y entonces ya dará igual el fútbol, porque volveremos al amor como se vuelve a las cosas importantes: sin condiciones, sin matices. Dice Albert Camus: “No ser amados es una simple desventura; la verdadera desgracia es no amar”. Podría ser una buena cita para mi libro “Las noches europeas”. Podría decir Camus que el fútbol no se discute. Que quien se niega a vivir los noventa minutos con el corazón en un puño es un desgraciado. Quién puede hacerle feos a esa orgía de emociones que es un partido de fútbol, quién puede resistirse a esa enajenación espiritual que guía una pelota de cuero, el viento, decenas de pies y el azar. Es como el amor, que llega y llega y ya está por más vueltas que le des a la cabeza o más blindaje que le pongas al corazón. Que da igual si te han hecho daño o el que heriste fuiste tú y aún te pesa en la consciencia. Cuando el amor llega hay que jugarlo, como cuando el árbitro pita el inicio del partido y, paradójicamente, nuestro primer impulso es ir hacia atrás. Por algún tipo de inconsciente mecanismo de defensa en vez de golpear el balón con fuerza y los ojos cerrados hacia la portería contraria, abandonados al amor como un adolescente en verano, el fútbol nos obliga a protegerlo. A mimar la bola. Jugarla con cabeza esos segundos inmensos que anteceden al músculo y el corazón.

En mi libro hablaré de una pareja que se quiere en la distancia y que pronto compartirán casa. Hablaré del miedo, de la convivencia, de cómo lo que se busca termina encontrándose. Habrá alguna discusión y dudas. Porque el amor así lo exige. Pero después ella irá a por cerveza y él cocinará algo con más voluntad que talento. Con la mesa puesta y los vasos llenos, a las 20:45 h. se sentarán en un sofá porque empieza un partido que tiene trascendencia más allá del césped. En “Las noches europeas” todos los partidos se disputan dentro de uno mismo. De la cabeza a los pies. Será un libro de amor y todos lo hemos escrito, o lo escribiremos, algún día.

Deja un comentario

Debes de loguearte para poner un comentario.