La señal

messigeta

Hay una escena de Sin perdón que se queda clavada como una flecha en un costado. William Munny, el personaje que interpreta Clint Eastwood, es un viejo acabado que una vez fue un asesino despiadado y que ha acabado aceptando un trabajo miserable para poder sobrevivir. Munny se reformó, abandonó por amor su vida criminal, y dejó el alcohol que le había acompañado en tantas noches de sangre y muerte. Lo vemos durante casi toda la película cabizbajo, roto y enfermo, llevando a cabo una labor para la que ya no está preparado, y manteniendo a raya la pulsión violenta que lo convirtió en una leyenda negra. Hasta que se entera de que su mejor amigo, su único amigo, ha sido torturado hasta la muerte y su cuerpo colgado como ejemplo en el centro del pueblo. William no dice nada, sólo toma la botella de whisky y bebe. Bebe. Un trago que se hace eterno, porque todos sabemos lo que va a ocurrir a partir de ahí, y casi vemos ya los cadáveres balaceados desplomarse uno tras otro. Ha sido la señal.

Anoche saltó Messi al Camp Nou después de dos meses lesionado. El devastador, el caníbal, el puto amo -como tituló un periódico de Barcelona- pisaba el césped por primera vez después de una lesión de cierta gravedad. En ese tiempo, y como el fútbol no tiene memoria, el foco se había desplazado a otro lado, y quien más quien menos pensaba que al rey le iba costar un tiempo recuperar su trono. Algo así pensamos todos cuando vimos los primeros minutos de Leo en el campo, caminando con parsimonia, tocando el balón en desplazamientos de dos o tres metros, y probando unas piernas que llevan tiempo jugándole malas pasadas. Hasta que le llegó un balón en la línea de tres cuartos, y se lanzó a un eslalom diagonal vertiginoso, esquivando un par de contrarios y dando una sensación de plenitud y fuerza que pareció, por un momento, levantarse una estela de fuego tras él. Una acción que acabó en nada, irrelevante en el contexto del partido, sin mayor importancia. Como un trago de whisky. Como una señal.

Lo que vio el coliseo blaugrana en los últimos minutos del partido no desmereció en nada lo que acabó ocurriendo en el vetusto y maloliente salón de Big Whiskey. Lionel Munny cogió su fusil, apuntó y destruyó en un rato inolvidable a la pobre defensa del Getafe, que le había sufrido como nadie en otras épocas. No sólo que marcó dos goles, completamente distintos y, a la vez, tan propios de él, sino que volvió a dar una vez más la sensación de una fuerza de la naturaleza, el caudal irreprimible de fútbol superior que arrasa a cualquier enemigo, en cualquier campo y en cualquier cualquier circunstancia. El jugador gigantesco, incomparable con nadie, ni vivo ni muerto. El jinete pálido. El pistolero inmortal.

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