Caer de pie

morata bernabeu

Nadie te conoce de nada, pero todos han oído hablar muy bien de ti. Eres protagonista antes incluso de entrar en escena, porque todo el mundo se ha anticipado a tu llegada. Y, cuando por fin apareces, eres el indiscutible centro de atención, el aglutinador de todas las miradas, el punto sobre el que orbitan todas las conversaciones. Caer en gracia y tener don de gentes no es algo que esté al alcance de cualquiera. Hay auténticos maestros en el arte de las relaciones humanas, gente que consigue atraer hacia sí el foco de atención sin apenas esfuerzo aparente. Verdaderos seductores sociales.

No cabe ninguna duda de que Álvaro Morata (Madrid, 1992) ha caído de pie en el Bernabéu. Cuenta con el favor incondicional del graderío. Haga lo que haga en sus minutos sobre el césped, estará bien hecho a ojos de su público, entregado con ternura a la progresión de su joven promesa. Juega sin presión porque sabe que su margen de error es muy amplio, que no tendrá el implacable murmullo de la grada en el cogote cada vez que pierda un balón o que falle un remate a puerta. Él no. Porque él es un jugador canterano, que viene desde abajo, que encarna las virtudes que a todo habitual del Bernabéu le gusta ver en los futbolistas de su equipo. Dicen quienes más entienden de esto que no es más que una cuestión de actitud. Morata habla el mismo lenguaje que ellos.

El delantero canterano se ha visto beneficiado por determinadas circunstancias, algunas de ellas ajenas incluso a su propio juego. Es imposible obviar que uno de los factores que más ha sumado para el aterrizaje exitoso del joven punta blanco tiene nombre propio. Karim Benzema tiene el nubarrón sobre su cabeza desde que arrancó la temporada. Es el polo opuesto a Morata. Todo lo que haga, o lo que no haga, es observado con lupa, analizado con minuciosidad y sometido a juicio rápido del que, generalmente, el francés suele salir malparado. Para colmo de males, Benzema parece haber perdido el favor de Florentino Pérez, antaño su gran valedor dentro del madridismo militante. Ya no es su ojito derecho. Florentino, inteligente, sabe que hacer de escudo continuo de Karim supone un desgaste excesivo e inútil ante el grueso del madridismo que parece haber firmado ya su veredicto, y por eso se ha echado a un lado en la defensa del francés.

No obstante, la situación de Morata, que pudiera parecer ideal, encierra un riesgo oculto. Vive con una intensidad extrema cada uno de los minutos que disfruta sobre el césped. Cada balón que toca, por inocente que sea, hace saltar el chispazo en la grada. Cada remate a puerta, acabe o no en gol, genera una desproporcionada retahíla de elogios hacia su figura. Y tanto despliegue, tanta exaltación, suponen por necesidad un desgaste elevadísimo para el joven Morata. Su principal tarea consiste en saber digerirlo, en asimilar el elogio y preparse para la crítica, en intentar que la ola no lo derribe, lo centrifugue y lo escupa con fuerza como a tantos y tantos prometedores canteranos blancos.

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