Sierra Nevada aloja la copa del mundo de Freestyle Sky y Snowboard. Estaremos Alli

Del 18 al 26 de marzo se celebrará en Granada la Superfinal de la Copa del Mundo de Snowboard y Freestyle 2013.  El gran evento tendrá lugar en las pistas de competición de Sierra Nevada y citará a los 550 mejores especialistas mundiales de las disciplinas más espectaculares del circo blanco.

La Final de la Copa del Mundo pondrá en el centro del universo del freestyle y el snowboard al Superparque Sulayr con su instalación estrella: el half pipe permanente más grande de España, que ya fue probado con éxito la temporada pasada en los Mundiales Junior de Snowboard celebrados en la estación granadina.

Las finales de la Copa del Mundo de Snowboard y Freestyle Ski, que se disputarán en Sierra Nevada del 20 al 27 de marzo próximo, apenas tendrán incidencia en el área esquiable de la estación, una vez cerrados los trazados de competición entre la organización de las pruebas y la Federación Internacional de Esquí (FIS).

La estación consigue así de uno de los objetivos que se marcó para la organización de estas finales: hacer compatible el esquí comercial con la alta competición, hacer accesible el espectáculo de la Copa del Mundo al público sin afectara su jornada de esquí o snowboard. Para ello, las ocho finales se disputarán en cinco escenarios que acabarán en tres áreas de meta, unos circuitos a las que los usuarios de la estación podrán acceder sin dificultad, que no implicarán la interrupción de pistas significativas y que se irán desmontando a medida que vayan acabando carreras.

DESCARGA DEL DOSSIER

Tanto es así que la superficie ocupada por la Copa del Mundo apenas alcanza el 5 por ciento de los kilómetros esquiables de Sierra Nevada, casi toda –salvo la pista Visera- en el área de la Loma de Dílar, de hecho, siete de las ocho finales de Superfinal de Copa del Mundo de Snowboard y Freestyle se celebran allí, en el snowpark Sulayr de Loma de Dílar. Serán las finales de halfpipe (de snowboard y freestyle ski), que tiene una meta propia; las de slopestyle (de snowboard y freestyle ski), skicross y snowboardcross (que comparten prácticamente el mismo escenario) y snowboard gigante paralelo, que disfrutan del mismo área de meta La octava final, la de baches dual, se disputará en la pista Visera, con salida en el radiotelescopio y llegada a la meta en Borreguiles.

Los responsables del snowpark mantendrán cuatro de los ocho sectores del Sulayr ‘comercial’, añadirán uno de nueva construcción junto al telesilla Loma de Dílar y junto a este habilitarán una pista comercial de skicross.Los usuarios con forfait podrán acceder a los escenarios de competición sin restricciones; para quienes sólo quieran ver las finales sin esquiar la organización creará productos especiales para la Copa del Mundo.

Half Pipe:

Se desarrolla en una pista de poca pendiente con nieve acondicionada en forma de semi tubo bastante inclinado en sus flancos. Los participantes realizan una serie de saltos, acrobacias y maniobras en el Halfpipe, yendo de lado a lado y elevándose los por los bordes del tubo, juzgándose dichas maniobras según el grado de la dificultad y de ejecución.

Slalom Paralelo:

Dos corredores compiten a la vez, por un recorrido de puertas (más cerrado que el Gigante), pasando el ganador a la ronda siguiente.

Slalom Gigante Paralelo:

El slalom paralelo permite a los corredores afrontar el recorrido en paralelo, con dos competidores bajando a la vez.  Antes ha habido una manga de clasificación donde los 16 mejores corredores se enlazan por parejas comenzando así las eliminatorias, pasando el ganador a la ronda siguiente, hasta proclamarse el vencedor.

Snowboard Cross:

Los corredores hacen la salida conjunta en grupos de cuatro en una pista sinuosa especialmente construida para el Snowboard que incluye vueltas, saltos, ondas y la nieve acondicionada. Eliminándose entre ellos, pasando los mejores a la siguiente ronda

Calendario finales:

  • 20 marzo: Final Eslalon Girante Paralelo GS Snowboard (Loma de Dílar).
  • 21 marzo: Final de Snowboardcross (Loma de Dílar).
  • 22 marzo: Final de Moguls (Baches) de Freestyle Ski (Borreguiles).
  • 23 de marzo: Final de Slopestyle de Freestyle Ski (Loma de Dílar).
  • 24 de marzo: Final de Skicross de Freestyle Ski(Loma de Dílar).
  • 25 de marzo: Final de Halfpipe de Freestyle Ski (Loma de Dílar).
  • 26 de marzo: Final de Slopestyle de Snowboard (Loma de Dílar).
  • 27 de marzo: Final de Halfpipe de Snowboard (Loma de Dílar).

En blog de deportes hemos sido acreditados en la zona de prensa del evento para rodar escenas aereas del mismo a traves de uno de nuestros cuadricópteros preparados para este tipo de grabaciones deportivas en directo.

En este caso, acudiremos con un DJI PHANTOM, equipado con una cámara GO PRO con estabilización de imagen, con ella grabaremos imágenes del evento que mas tarde serán compartidas por la organización. Os las mostraremos

Hemos de resaltar los buenos resultados de grabacion de video de alta resolución que proporciona la combinacion PHANTOM/GO PRO. Como muestra os dejamos un video realizado de la misma forma que lo haremos nosotros

La carta de Leverkusen

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El equipo de la aspirina (o el del Alka-Seltzer, o el del Redoxon, o el del…). El equipo que esta noche, en el partido de ida de los octavos de final de la Champions League, recibe en su estadio al Atlético de Madrid tiene una historia detrás. Una historia romántica, por mucho que esto chirríe cuando hablamos del equipo creado bajo el manto de una de las farmacéuticas más grandes y poderosas del planeta, ceñida al amateurismo más inocente que gobernaba la práctica del fútbol en Alemania allá en los albores del siglo XX. Porque la ya centenaria historia del Bayer 04 Leverkusen (uno de los tres equipos de la Bundesliga, junto al Wolfsburg de la Volkswagen y al Red Bull Leipzig, que no pertenece a sus socios, sino a una entidad empresarial) arranca con una carta. Una carta repleta de ilusiones. La carta que Wilhelm Hausschild, trabajador de la farmacéutica, decidió remitir en representación de más de un centenar de compañeros a sus superiores en la Bayer Aktiengesellschaft solicitando la creación de un club gimnástico y deportivo en la empresa, un día de febrero de 1903.

La petición, en una época en la que la actividad deportiva se desarrollaba sobre escenarios muy diferentes a los actuales y casi siempre bajo el auspicio de asociaciones profesionales o empresas preocupadas por procurar a sus empleados unas mejores condiciones de vida, fue bien recibida por la compañía, que por aquel entonces aún se dedicaba a la fabricación de pinturas y derivados. Así, varios meses después, se fundaba la sociedad deportiva Turn-und Spielverein Bayer 04 Leverkusen, germen del actual equipo. Era el primero de julio del año 1904, tiempos en los que el fútbol era aún un entretenimiento residual frente a otras disciplinas gimnásticas pero con cada vez mayor número de adeptos interesados por el nuevo juego llegado desde Inglaterra. No fue, sin embargo, hasta tres años más tarde cuando la sociedad deportiva creada por la Bayer decidió abrir sus actividades y considerar la inclusión del fútbol.

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El treinta y uno de mayo de 1907 fue así constituida la sección de fútbol de la organización. Con una curiosa condición, eso sí. Tal y como se reconoce en la propia web oficial del club, aquellos miembros fundadores acataron el compromiso de entrenar al menos una vez a la semana empleando balones medicinales en sus ejercicios, como gesto de voluntad de mantener siempre una cierta vinculación con la práctica gimnástica. Dos décadas más tarde, y superado el parón de la actividad durante la Primera Guerra Mundial, el cada vez más exitoso fútbol se veía obligado a separar su organización de la de la primigenia asociación gimnástica. Fue constituido así el Sportvereinigung Bayer 04 Leverkusen, que diferenciaría y englobaría las actividades de fútbol, balonmano, boxeo y atletismo y que se mantendría vigente casi un siglo, hasta que en el año 1999 el fútbol fue definitivamente separado del resto de expresiones deportivas bajo la nomenclatura, actualmente conocida, de Bayer 04 Leverkusen GmbH.

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Capitán de una tripulación fantasma

Nunca me ha gustado ver a Messi sonreír. Siempre lo preferí preocupado, ensimismado, humano. Los que no somos del Barça llevamos años portando una cruz pesadísima. Un futbolista como el argentino sólo sirve para aborrecer el fútbol, para notarlo aún más lejano. Cuando encara con el balón en el pie se nos nubla el gesto, se ensombrece la habitación, dan ganas de cambiar de canal.

Habrá quien lo disfrute. Yo no. Sólo entiendo el fútbol como una competición en el que el mejor no está en mi equipo. Es desolador. Sólo nos quedaba el consuelo del larguero, el del defensa expeditivo, el de la parada milagrosa. Messi era lo más parecido a un villano de cómic. Un personaje que destruía, con oficio y superioridad, nuestras ilusiones de victoria.

Ayer, sin embargo, tras el penalti que Messi anotó a Herrerín en la exigida victoria frente al Leganés, sentí un pellizquito de tristeza por él. El Barcelona, vapuleado por el PSG en Champions y a la sombra de su gran rival en Liga, está cruzando un páramo de tinieblas. Ni siquiera la final de Copa parece calmar el dolor. No es un bajón en el juego, es algo más, una desnaturalización de su fútbol, un alejamiento obstinado de sus referentes. Este Barcelona sobrevive a su propia responsabilidad estética. Figuras como la de Alcácer o André Gomes empiezan a convertirse en burlas andantes. El resto no ayuda. La acomplejada ira de Luis Enrique, el charloteo de Bartomeu, la lesión de Aleix Vidal…

Messi no falló su lanzamiento. Fue certero, como la pata de una mesilla de noche en la madrugada. Su celebración fue funesta. El argentino se quedó ahí, plantado, como el que ha recibido una terrible noticia. Mirando la nada. Ni el balón, ni la red zarandeada, ni el portero vencido. Nada. Un cauce seco en su mirada. Celebrar lo que debería ser monotonía, ¿para qué? ¿Para demostrar que hasta lo poco ahora parece demasiado? En su silencio dormía un dragón. En alguna parte de su corazón, una frase terrible: “celebrar un penalti ante el Leganés es asumir la medianía”. El ego pataleando en su conciencia. ¿Qué Barça es éste? ¿Soy el capitán de una tripulación fantasma? ¿Dónde vamos a ir con este velamen agujereado?

En su seriedad hubo reivindicación pero también desconcierto. Como si ese gol le hubiera puesto de nuevo los pies en el suelo, como un turista que se para a mirar en rededor para encontrar el camino que le devuelve al hotel, como un benjamín al que su padre anima desde la grada y siente, de repente, el peso de la responsabilidad y un terror de vidrio sobre los hombros. Ver a Messi así me conmovió. Algo tan grande, de pronto, reducido, jibarizado, caricaturizado. El mejor futbolista de la historia ante un penalti funcionarial, rodeado pero solo. En mitad de un Camp Nou que silbaba o aplaudía como atacado por esa incertidumbre, casi inédita, que precede a la vulgaridad.

 

En la derrota

Decía el escritor argentino Jorge Luis Borges que la derrota tiene una dignidad que la victoria no conoce. El hecho de perder siempre trae consigo una oportunidad de exhibir entereza, orgullo y responsabilidad con uno mismo. De asumir con rectitud y fortaleza de ánimo el dolor que sucede a la derrota. Es en los más duros momentos en los que se conoce a los más íntegros deportistas, a aquellos confiados en que su destreza y su capacidad les hará salir del agujero más profundo. Transmitir serenidad es el primer paso para revertir una situación negativa.

Anoche el FC Barcelona fue violentamente zarandeado por el Paris Saint-Germain en la que será recordada como una noche negra en la historia del barcelonismo. No solo fue el cuatro a cero del fondo. Las formas de la derrota fueron particularmente hirientes, con Messi desconectado del juego como prácticamente nunca en toda su carrera y el equipo partido en dos y sin capacidad visible de reacción mientras los parisinos jugueteaban con el favorito para alzar el título como un gato juguetea con un indefenso ratón antes de zampárselo. El repaso de los de Unai Emery al Barça fue mayúsculo, superlativo y sin posibilidad de réplica. Superándolo en todas las líneas y facetas del juego en una exhibición que es ya historia de la UEFA Champions League y que, muy probablemente, rozó el ‘partido perfecto’.

Situaciones como la que dejó en el barcelonismo el doloroso escenario del postpartido del Parc des Princes requieren de mucha templanza y psicología aplicada para ser superadas. La afición azulgrana, aún en shock por la inesperada bofetada encajada en París, buscaba ayer un cobijo y un consuelo que aliviase el dolor y apaciguase el susto. No eran ya tanto las explicaciones de por qué André Gomes sí y Rakitic no. No era una explicación razonada, lógica y coherente a lo que el técnico azulgrana consideraba que podía haber ocurrido a su equipo para ser ultrajado de semejante manera. Ni siquiera era eso. Ayer el barcelonismo buscaba sosiego, el necesario sosiego tras una tensa pelea. Un regazo cálido y protector en el que enterrar la cabeza. Buscaba una voz firme y serena que le invitara a lamerse las heridas y rescatar el orgullo pensando, aun con insólita confianza, en el partido de vuelta.

En su lugar, en lugar de ofrecer paternal consuelo a los suyos, Luis Enrique optó por despreciar la oportunidad de exhibir dignidad que siempre procura la derrota. No quiso proteger al equipo, quiso protegerse a sí mismo. Acudió el técnico a sofocar el fuego armado con dos latas de gasolina y un cajón de pólvora. Lejos de encajar la derrota con entereza, el asturiano explotó ante el micrófono de Jordi Grau (TV3) provocando que la sensación de inestabilidad que sobreviene de un naufragio como el de París se acrecentase en un escenario que pedía sosiego, confianza y reflexión interna a gritos. El desequilibrio plasmado sobre el césped tuvo su epílogo en la zona mixta. La desproporcionada y desquiciada reacción del técnico, muy alejada de lo que uno espera de un gestor de grupos humanos del más alto nivel, transmite una sensación de falta de control y debilidad aún mayor que la que dejó el juego del Barça durante los noventa minutos de partido.

Los mejores goles de Iván Zamorano

Uno de los mejores delanteros de la historia del fútbol chileno es Iván Zamorano, quien a lo largo de su carrera logró jugar para varios de los mejores equipos del mundo, dentro de los que se encuentra el Inter de Milán y también el Real Madrid de España, además de militar en la selección de su país.

El futbolista se caracterizó por tener hambre de gol y gracias a ello logró ser el máximo goleador en varios de los equipos y ser un ícono para la selección de su país, es por ello que en el vídeo de arriba podrás observar un poco más de los mejores goles de Iván Zamorano a lo largo de su carrera.

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Reinventando París

Que algo lleva años cociéndose lentamente en París no es una cuestión desconocida para la gran mayoría de los aficionados al fútbol. Desde la llegada al Paris Saint-Germain del hoy accionista mayoritario del club, Nasser Al-Khelaïfi, la institución parisina se ha visto envuelta en un proceso de transformación brutal partiendo desde su mismísima base. Anclado en la mediocridad desde hace años tras haber vivido una destacable y recordada etapa durante la década de los noventa, el nuevo PSG inició su particular revolución deportiva hace algo más de cinco años. Renovó su banquillo con la llegada de Ancelotti para reemplazar a Antoine Kombouaré y, sobre todo, puso en movimiento una carretillada de millones para reconstruir, picoteando de aquí y de allá, una plantilla digna de cualquier grande de Europa. Aquello fue más que una simple operación de chapa y pintura. Sin embargo, el crecimiento deportivo no ha ido de la mano de la fortísima inversión. A Carlo Ancelotti le sucedieron en el banquillo parisino Laurent Blanc y Unai Emery, siempre con el objetivo del club fijado en la competición continental. Pero Europa exige un punto más. Un punto que quizá no se compra con millones y que se alcanza con algo más que extraordinarios jugadores en nómina. Un punto tal vez intangible, más relacionado con la esencia, con el poso histórico y social y con la habitualidad en las últimas rondas de la competición. Todo eso que solemos condensar en la palabra ‘oficio’.

La revolución en el club parisien no se está viviendo únicamente sobre el césped con el desfile interminable de los Ibrahimovic, Pastore, David Luiz, Cavani o, el último en incorporarse al joyero parisino, Julian Draxler. La mercantilización a la que está siendo sometida la institución desde la llegada de Al-Khelaïfi tiene una variante específica fuera del terreno de juego. El inversor catarí desea seguir modelando su proyecto al detalle. Hacer de la icónica marca ‘París’ algo propio, algo que potencie la identidad de un club que, siendo realistas, nunca ha destacado por tener una fuerza identitaria demasiado destacada, es el primero de los pasos.

El escudo del club no se ha quedado fuera de la profunda operación de renovación del club. Con el plumero se ha sacado de encima la cuna de Luis XIV que tradicionalmente ocupaba los bajos de la Torre Eiffel. Nada que recuerde al Rey Sol, porque este club, dice Al-Khelaïfi, es de todos los parisinos y el recuerdo al monarca podría ser interpretado como una maniobra excluyente o restrictiva con las numerosas y variopintas capas sociales que pueblan el graderío del Parc des Princes. En su lugar, una aséptica flor de lis, que sí se ha mantenido con respecto al anterior diseño. Tampoco se han observado miramientos para desplazar la representación gráfica de la vinculación del club con la localidad de Saint-Germain-en-Laye hacia un lugar secundario. La marca ‘París’, referente mundial, destaca ahora sobre el conjunto, despreciando en cierto modo los orígenes del joven club capitalino, formado tras la fusión en el año 1970 del Paris FC y del Stade Saint-Germain. Modernidad, lo llaman. Mientras tanto, el ansiado gran éxito europeo continua haciéndose desear.

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El protegido

En la misma tarde en la que Vitolo salió abucheado de su propia casa, Fernando Torres (Fuenlabrada, 1984) fue de nuevo generoso con todos aquellos que decidieron profesarle cariño eterno por el simple hecho de compartir con el aniñado delantero filiación colchonera. Porque a los de casa, hagan lo que hagan, hay que quererlos y respetarlos, jamás repudiarlos. Bautizado en el mismísimo infierno, la irrupción en la escena rojiblanca del Niño no pudo estar más cargada de simbolismos. Fueron los años de purgatorio en Segunda los que hicieron que el hermanamiento entre el fuenlabreño y la grada alcanzara cotas extraordinarias y que el vínculo surgido entre uno y otros permaneciese sólido por muchos kilómetros que se interpusiesen entre ambos.

Nadie acusó a Torres cuando el club decidió redefinir su relación contractual con el delantero y rebajar su cláusula de rescisión de 90 a 40 millones. Tampoco lo hizo nadie cuando, en el verano de 2007, decidió atender la llamada de Rafa Benítez. La sensación en las filas colchoneras fue más de nostalgia que de indignación. Se entendía su salida del club como el paso que su carrera, hasta ese momento en progresión meteórica, demandaba. Por eso se celebró su llegada como el advenimiento de un nuevo Mesías. Por eso a nadie extrañó que Simeone decidiese reforzar el vínculo sentimental con la grada tirando de los servicios de un Torres al que su nivel futbolístico real ya no le daba para sentar cátedra en el primerísimo nivel europeo. Por eso no hubo una avanzadilla de justicieros en representación de la afición apostados para pedirle cuentas a su llegada.

Anoche ante el Celta, el Atlético sufrió probablemente más de lo previsto ante un equipo que venía de un severo mazazo anímico. Sin embargo, se rehízo admirablemente al tempranero gol celeste merced a una nueva aparición estelar del ídolo, del protegido, del querido por todos. Fernando Torres, que cada año regula más su rendimiento y planifica mejor sus esfuerzos, sigue dando pinceladas puntualísimas de su capacidad resolutiva y su oportunismo. Ya no es, desde luego, aquel jugador veloz, ágil y potente de antaño, pero su catálogo de recursos ha sido adaptado a los nuevos tiempos y a un fútbol más pesado e industrial. Frente al Celta, ademas, marcó por segundo partido consecutivo en Liga. Lo hizo tras un control inverosímil de espaldas a portería y una especie de chilena tan poco grácil, tan de solteros contra casados, como inteligente y efectiva. Fue un gol de esos que pervivirán en el recuerdo y que dentro de dos o tres años, cuando el Niño ya sea historia colchonera, glosarán su intachable carrera como futbolista del Atlético de Madrid.

Marcelo Salas y sus mejores goles

Una de las duplas más temidas del fútbol a lo largo de la historia es la que formó Iván Zamorano y Marcelo Salas en la selección de Chile, quienes juntos lograron grandes hazañas y lograron hacer historia en una de las selecciones que no era tendencia en ese tiempo en las eliminatorias de Sudamérica.

A pesar de ello Marcelo Salas fue uno de los delanteros más letales que han existido en la historia de este oapis, el futbolista era letal en el área chica y consiguió grandes hazañas. Es por ello que en el vídeo de arriba podrás observar un poco más de los mejores goles de Marcelo Salas a lo largo de su historia.

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Los mejores goles de Joaquín Correa

Dentro de los últimos talentos argentinos que han emigrado a jugar a Europa se encuentra sin lugar a dudas Joaquín Correa, quien en la actualidad juega con el Sevilla de la Liga de España, pero que recientemente fue fichado por el Sampdoria de la Serie A de Italia, en donde ha logrado encajar con sus compañeros de equipo, se trata de un futbolista con gran hambre de gol en el área.

Se trata de un jugador que llama la atención de los representantes de fútbol, se trata de un chico que militó en el club de Estudiantes de la Plata de Argentina, en donde inicio a destacar hasta que finalmente dió el paso hacía el fútbol de Europa, así que arriba puedes observar las mejores jugadas y goles de Joaquín Correa en el fútbol, ya que también ha jugado en el Sampdoría de Italia.

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Un moderno

Hay dos tipos de hombres. Los que saben a dónde van y los que, como yo, aún no se han movido. Los caminos son hostiles, están llenos de peligros. La vida es quedarse quieto, como si siempre hubiera un oso acechándonos, como si cada paso fuera el último.

La modernidad me da repelús. El moderno de verdad nunca es consciente de su ruptura. El progreso no es ostentoso ni colorido, más bien funcionarial y estrujado. Como la deriva de los continentes, ese crepitar subterráneo casi inadvertido. Difícilmente medible. Pausado. Pasa con la modernidad que siempre corremos el riesgo de que se la apropien los impostores, los jaraneros, aquellos que se autoproclaman diferentes y se disfrazan de futuro creyendo que la vida es gris y que todo lo que somos los demás es un magma perezoso y que sin ellos la humanidad es menos divertida, inconsistente o normal. Como si ser normal no fuera, por sí mismo, un ejercicio fatigoso.

Ocurre también en el fútbol donde, paradójicamente, la modernidad huele a añejo. A campos que nunca se han visitado, a equipos casi desconocidos, a historias desenterradas a paladas en busca de un no sé qué perfume a clásico, que no deja de ser una bofetada fétida emanando de una carne podrida. Como si lo rompedor y moderno fuera mirar atrás con infladísima nostalgia.

Me da rubor, y un poco de miedo, ver a toda esa gente loando las miserias de un club desaparecido en los sesenta en la segunda división inglesa. O citando a Best. O convirtiendo en leyenda a un jugador de Gabón que, a principios de los ochenta, tocaba el balón sin despertar ternura condescendiente en la grada. Los que lloran por estadios derruidos, los que gastan su dinero en camisetas mordidas por el tiempo, los que intentan convencerme de que todo tiempo pasado fue mejor. Al adjetivo, si es generoso, siempre hay que ponerlo en cuarentena.

Yo tengo la férrea convicción de que el fútbol siempre fue una mierda, lo sigue siendo, y lo será hasta que el último balón del universo deje de rodar. Y está bien que así sea. Para qué queremos endulzar un bocado que así, amargo, ya nos sabe bien. Para qué domesticar un deporte donde veintidós personas se ordenan, con mayor o menor criterio, sobre un campo no necesariamente mullido y confían en sus pies, torpes extremidades, para controlar un objeto esférico y lleno de aire. Qué maravilla de juego, cargado de azar, de tristes casualidades y esperanzadoras causalidades.

Por eso a veces me quedo aquí. Callado. Mientras otros avanzan en una búsqueda que siento ajena. No sé a dónde va el fútbol pero, desde luego, me temo a dónde van los futboleros: a un matadero emocional donde las cuchillas de la melancolía y la trituradora del relato exagerado harán el trabajo sucio. Como esa espontánea celebración del Alavés. Esa paternalista adhesión a la causa de los clubes pequeños. No soy un descreído. Creo en la modernidad. Soy tan moderno que soy del Córdoba. Tan moderno que mi equipo está al borde de los puestos de descenso en Segunda. Tan moderno que el domingo nos la jugamos, de nuevo. Si eso no es lo guay, ya no sé lo que puede serlo.

Aquel gran Deportivo Alavés

El Alavés es un balón a la desesperada en el minuto 117 de Dortmund que roza Delfí Geli y que acaba colándose en cámara lenta en la portería de Martín Herrera. El Alavés es un ascenso, el primero de la historia de nuestro fútbol, tras derrotar al Betis por dos goles a cero el 30 de marzo de 1930. No existían ni las crónicas deportivas y los vitorianos ya estaban a lo suyo, subiendo y bajando peldaños y recorriendo entre gritos de júbilo los descansillos de la escalera. Pero el Alavés es también un triste peregrinar de muchos años en Tercera división y una interminable compilación de partidos semiclandestinos en Lasesarre, el Stadium Gal o Merkatondoa con la vaga esperanza de volver a sufrir con las incertidumbres de los ascensos. Es un declive salvaje y descontrolado precipitándose hacia el concurso de acreedores que tuvo al club contra las cuerdas de la desaparición hace algo más de un lustro después de haber acumulado una deuda de veinticinco millones de euros. Y es, también, un partido con el agua al cuello en el estadio de La Victoria de Jaén con un gol salvador de Guzmán Casaseca en el minuto 93 para conseguir la permanencia y, con ella, la supervivencia del club. Ese es el sabor del tuétano alavesista, la esencia babazorra. Ese sube y baja eterno, ese vivir permanentemente instalado en la montaña rusa emocional de los ascensos y los descensos que se personaliza en la figura del capitán Manu García. El centrocampista vitoriano subió con el equipo de Segunda B a Segunda y lo hizo el pasado año a Primera. Dentro de tres meses capitaneará al equipo de su ciudad y de su vida en la Final de Copa.

El Alavés también ha sido la intrascendencia del equipo que casi nunca es tenido en cuenta porque a casi nadie le importa. Así ocurrió en la previa de su eliminatoria de semifinales de la Copa del Rey ante el Celta. Poca gente reparó en las posibilidades reales de los vitorianos, un equipo menos vistoso, menos bonito y menos sonoro que el gallego y que no había conseguido eliminar a todo un Real Madrid en la ronda anterior, sino al Alcorcón y con mucho trabajo oscuro. Tirando de frase hecha, el fútbol parecía deberle la mismísima vida a los celestes. En Mendizorroza, en cambio, no pasaban de meros invitados, de comparsas en una fiesta que no se preveía como suya. El clásico papel de secundario hasta que Edgar decidió hacer suyo el escenario. Y fue así como, discretamente y sabiendo estar en el momento idóneo y en el lugar preciso maximizando sus escasos pero apañados recursos, como los de Mauricio Pellegrino alcanzaron la primera final copera de su casi centenaria historia.

Han transcurrido únicamente cuatro años desde aquella agónica heroicidad en el estadio de La Victoria de Jaén con la que el Alavés salvó la vida. Podría parecer un tiempo insuficiente para cambiar la perspectiva y las aspiraciones del equipo. Y de hecho, probablemente lo sea. La historia del Alavés está repleta de subidas y bajadas. De perspectivas florecientes y de sueños trágicamente despedazados. De fogonazos como en el del Westfalen o el que espera el próximo 27 de mayo en Madrid, Bilbao o vaya usted a saber dónde. Pero este es su momento. ‘Gure garaia‘ (‘nuestro momento’), como podía leerse en las camisetas conmemorativas que lucieron los jugadores tras confirmarse la hazaña. Está en su esencia misma y en su himno. Cuando el bravo equipo albiazul resurge potente otra vez, recordando la gloria de aquel gran Deportivo Alavés, Vitoria solo puede poner en él su esperanza y su gran ilusión. Enhorabuena, alaveses.

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